—Ya llegamos, señor —dijo Andy, mirándolo por el espejo retrovisor.
El auto llevaba un rato estacionado frente a la escuela de Josh, el destino de aquella mañana tardía. Sin embargo, Daven no se había movido ni un centímetro de su asiento. Solo miraba las puertas de la escuela, que seguían cerradas.
—No creo que el señorito Josh haya salido todavía. Lo dejan salir en unos veinte minutos —añadió Arven, rompiendo el silencio que se había extendido desde que llegaron. Daven no había dicho una palab