Entonces, pequeños puntos rojos comenzaron a bailar sobre los uniformes de los guardias: miras láser que les apuntaban al pecho, a la frente. Uno a uno, los hombres se tensaron al darse cuenta de que estaban marcados, atrapados bajo retículas invisibles.
—Bueno, eso lo aclara todo —dijo Arven con una carcajada—. Mejor suéltame, amigo. —Se zafó del agarre que lo había retenido todo ese tiempo—. ¿Ya lo entiendes, no? Si haces el más mínimo movimiento, esos disparos no solo te volarán una mano. Van