Mundo ficciónIniciar sesiónIsabella nunca ha sido aficionada a hacer las maletas.
No porque el proceso le resulte agotador, pues ya está acostumbrada a ello. Se ha mudado de un apartamento pequeño a otro aún más pequeño durante los últimos cinco años. Eso le enseñó a meter toda su vida en tres maletas. Lo que hace que odie este momento es lo que significa lo que está guardando ahora. Está llevando a sus hijos a la casa de su padre. Y él no lo sabe. «Mamá, ¿por qué nos mudamos?». Lucas está parado en el umbral de su habitación, que ya está medio vacía. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada llena de desconfianza. Esa postura. Esa forma de mirar. Cada vez que Lucas se pone así, Isabella tiene que contenerse para no cerrar los ojos con pesadumbre. Porque esa no es la postura de Lucas. Es la postura de Alejandro. «Porque mamá tiene un proyecto nuevo», responde Isabella, mientras guarda los cuadernos de dibujo de Sofía en una maleta. «Y la nueva casa está más cerca de su lugar de trabajo». «Mientes». «¡Lucas!». «Siempre te tocas el pelo cuando mientes, mamá. Lo acabas de hacer». Isabella baja la mano de su cabello. Maldición. Cinco años y este niño ya sabe leer su lenguaje corporal mejor que nadie en el mundo. «¿De quién es esta casa?», pregunta Lucas de nuevo. «De alguien que trabaja conmigo». «¿Es hombre?». «¡Lucas...!». «¿Es hombre o mujer?». Isabella suspira. «Es hombre». La mirada de Lucas se oscurece notablemente. «No me gusta». «Si ni siquiera lo has conocido todavía». «Me da igual, no me gusta». Por detrás de Lucas aparece Sofía, arrastrando su conejo de peluche por el suelo. «A mí me gusta la casa nueva», dice ella con alegría. «¿Tiene jardín?». «Sí, tiene». «¿Y hay mariposas en el jardín?». «Es posible». Sofía sonríe ampliamente. «Entonces a mí sí me gusta mucho». Lucas mira a su hermana con una expresión que dice claramente eres demasiado fácil de convencer. Isabella los abraza a los dos y les da un beso en la cabeza. «Escuchen bien a mamá», dice en voz baja. «Pase lo que pase, ustedes son mi prioridad. Siempre lo serán». «Si en algún momento no se sienten cómodos, nos vamos. Nadie podrá detenernos». Lucas la mira fijamente durante un buen rato. Luego asiente. Una sola vez. Como un pequeño general que aprueba un plan de batalla. El ático de Alejandro Montenegro no es una casa. Es una declaración de poder. Ocupa dos pisos en el edificio más exclusivo de la ciudad. Con paredes de cristal que van desde el suelo hasta el techo, lo que hace que toda la ciudad parezca ser de su propiedad. Porque, en el fondo, lo es. Isabella entra con una maleta en la mano derecha. Con la mano izquierda lleva agarrada a Sofía, mientras que Lucas camina delante de ellos como un pequeño guardaespaldas listo para entrar en combate. La sala de estar es inmensa, fría y perfecta. Sillones grises. Mesa de cristal. Cuadros abstractos cuyo precio seguramente habría sido suficiente para pagar el alquiler de su antiguo apartamento durante tres años. No hay fotografías familiares. No hay cojines adicionales en los sofás. Nada que indique que seres humanos de verdad hayan vivido alguna vez aquí. «Esto no es una casa», murmura Lucas. «Es un museo». Isabella se muerde el labio para reprimir una sonrisa. «Lucas, cuida tus palabras». «Las cuido muy bien. Solo digo la verdad». Se oyen pasos que vienen del pasillo. Y entonces aparece Alejandro. Hoy no lleva traje, solo una camisa blanca con las mangas arremangadas hasta los codos y pantalones negros. Más informal de lo que Isabella le ha visto nunca. Y, por alguna razón, es precisamente eso lo que lo hace parecer más peligroso. Porque Alejandro Montenegro con traje de negocios es un director ejecutivo. Pero Alejandro Montenegro con camisa informal es simplemente un hombre. E Isabella no necesita que nadie le recuerde que, detrás de todos los contratos y cálculos, ese fue el hombre que una vez le hizo olvidar cómo respirar. «Ya has llegado», dice Alejandro. Su mirada se dirige inmediatamente hacia los dos niños pequeños que están al lado de Isabella. Y algo cambia en su rostro. Algo casi imperceptible, como un temblor que ocurre muy en el fondo, demasiado profundo para notarlo a simple vista, pero lo bastante fuerte para alterarlo todo. Sus ojos se detienen en Lucas. Durante demasiado tiempo. Isabella siente cómo todo su cuerpo se pone tenso. No mires tan de cerca. No calcules los años. Por favor, no... «Hola». Una vocecita rompe la tensión del momento. Sofía da un paso adelante, con su conejo en una mano y la otra levantada para saludar. «Me llamo Sofía. Este es mi conejo. Se llama Señor Bigotes». Alejandro se queda mirando a la niña pequeña. Desde que Isabella lo conoce, hace ya seis años, o incluso ahora mismo esta semana, la expresión de este hombre siempre ha sido completamente inescrutable. Ni fría. Ni calculada. Pero ahora hay sorpresa en ella. Una sorpresa auténtica, sincera y absoluta. Porque Sofía le devuelve la mirada con unos ojos grandes, suaves y llenos de calidez, y con una sonrisa que... Una sonrisa idéntica a la de Isabella. «Hola, Sofía», dice Alejandro. Su tono de voz es diferente. Más bajo. Más cuidadoso. Como si estuviera hablando con algo demasiado delicado para ser tocado con un tono de voz normal. «Eres muy alto», dice Sofía, mirándolo con la cabeza levantada. «¿Por qué eres tan alto?». «Porque cuando era pequeño me comía todas mis verduras». Sofía inclina la cabeza a un lado. «Yo también me como las mías. Pero sigo siendo bajita». «Todavía te queda tiempo para crecer». «¿Cuánto tiempo?». «Unos cuantos años». «¡Eso es muchísimo tiempo!». Sofía suspira de forma dramática. «Bueno, da igual. Tendré paciencia». Alejandro observa a la niña pequeña con una expresión que Isabella no logra descifrar. O mejor dicho, una expresión que tiene miedo de entender. Luego, sus ojos se desvían hacia Lucas. El niño está parado tres pasos detrás de Isabella, con los brazos cruzados, la barbilla levantada y sus ojos oscuros clavados en Alejandro sin parpadear ni una sola vez. Lo está evaluando. Sin rastro de miedo. Sin rastro de timidez. Es una evaluación pura y directa. Como un pequeño depredador que está decidiendo si la amenaza que tiene delante merece ser temida o combatida. Alejandro le devuelve la mirada. Y ocurre algo extraño cuando esas dos parejas de ojos idénticos se encuentran. El aire que hay entre ellos vibra con algo mucho más grande de lo que cualquier niño de cinco años podría llegar a comprender. «Tú debes ser Lucas», dice Alejandro. Lucas no responde. «Lucas», le reprende Isabella en voz baja. «Ya lo he oído». Lucas no aparta la mirada de Alejandro ni un segundo. «Estoy pensando si quiero responderte o no». La mandíbula de Alejandro se contrae ligeramente. No por ira. Por algo mucho más complejo. «Esta es tu casa ahora», dice Alejandro, y se lo dice directamente a Lucas, no a Isabella. «Puedes responderme cuando estés listo». Lucas lo mira fijamente tres segundos más. Luego habla con un tono de voz muy serio y firme. «Primera regla: esa es nuestra habitación». Señala con la mano hacia el pasillo que queda detrás de Alejandro. «Nadie puede entrar sin permiso». Isabella abre la boca para llamarle la atención, pero Alejandro se adelanta. «Aceptado». Lucas parpadea sorprendido. Está claro que no esperaba una aprobación tan rápida. «Segunda regla», continúa Lucas, con un poco menos de seguridad pero igual de decidido. «A Sofía le da miedo la oscuridad. Las luces del pasillo tienen que estar encendidas toda la noche». «Me aseguraré de que así sea». «Tercera regla». Lucas toma aire profundamente. «Si haces llorar a mamá, yo te pegaré». Se hace el silencio. Un silencio total y absoluto. Isabella siente cómo su sangre se hiela y hierve al mismo tiempo. Alejandro se queda mirando al niño. Y muy despacio, muy despacio, se arrodilla. Apoya una rodilla en el suelo de mármol frío. De modo que sus ojos quedan a la misma altura que los de Lucas. «No tengo ninguna intención de hacer llorar a tu madre», dice él. Su voz es grave. Seria. Sin rastro del director ejecutivo. Sin sarcasmo. Sin juegos ni estrategias. Solo un hombre hablando con un niño que tiene los mismos ojos que él. Lucas lo evalúa durante cuatro segundos completos. Luego asiente una vez. «Ya veremos». Se da la vuelta y camina hacia el pasillo, arrastrando su pequeña maleta detrás de él como si fuera un ejecutivo en miniatura que acaba de cerrar una negociación importante. Sofía corre tras él. «¡Lucas, espérame! ¡Quiero ver el jardín!». Ambos desaparecen por el pasillo. Y entonces solo quedan Isabella y Alejandro. Él sigue arrodillado. Mirando hacia el lugar por donde se han marchado los niños. Isabella ve su rostro de perfil. Y lo que ve hace que sienta como si le estrujaran el estómago con fuerza. No hay ira en él. No hay cálculos. Sino pérdida. Como la de un hombre que acaba de darse cuenta de que algo inmenso ha pasado frente a él sin que lo supiera. Alejandro se pone de pie. Cuando se vuelve hacia Isabella, su expresión ya ha recuperado el control. Pero sus ojos... Sus ojos todavía no han vuelto a ser los de antes del todo. «Tu hijo...», dice él. Isabella siente cómo los latidos en su cuello se aceleran demasiado. «¿Qué pasa con él?». «Es valiente». «Es terco». «Me recuerda a alguien». El corazón de Isabella se detiene. Un segundo. Dos segundos. «¿A quién?», pregunta, y su voz sale más cortante de lo que tenía previsto. Alejandro la mira fijamente. Durante mucho tiempo. Demasiado tiempo. E Isabella puede verlo: la gran pregunta que da vueltas en el fondo de esos ojos oscuros. Calculando, analizando, reuniendo las piezas de un rompecabezas que todavía no está completo, pero que ya tiene demasiadas partes como para seguir ignorándolo. «A nadie», responde finalmente. Es mentira. Ambos saben que es mentira. Pero Isabella no lo corrige. Porque la verdad que se esconde detrás de esa mentira es mucho más aterradora que cualquier otra cosa a la que haya tenido que enfrentarse. «Tu habitación está en el ala derecha», dice Alejandro, y recupera su tono profesional. «Las habitaciones de los niños están junto a la tuya. La cocina está disponible las veinticuatro horas. Si necesitas algo...». «No necesitaré nada de ti». «Marco se queda en la planta baja si acaso». Isabella asiente brevemente, toma su maleta y camina hacia el pasillo. Siente la mirada de Alejandro clavada en su espalda como un peso físico. Caliente. Pesado. Que no quiere apartarse de ella. No se da la vuelta para mirarlo. Cuando ya está lo bastante lejos, detrás de la pared que los separa, oye a Alejandro hablando por teléfono. En voz baja. Casi susurrando. «Marco». Se hace una pausa. «Averigua todo lo que puedas sobre los hijos de Isabella Vargas». Otra pausa. «Todo. Certificados de nacimiento. Fechas. Hospitales donde nacieron». Su voz baja un tono más, volviéndose más oscura. «Y Marco... averigua quién aparece registrado como su padre». Los pasos de Isabella se detienen en el pasillo oscuro. Agarra el asa de la maleta con tanta fuerza que sus nudillos se ponen blancos. El juego acaba de empezar. Y ella ya va un paso por detrás.






