La marca del apellido

Nadie se movió durante dos largos segundos.

Los dos pequeños anillos reposaban dentro de la caja de terciopelo negro, como algo hermoso y repulsivo a la vez.

De plata antigua.

Con grabados delicados.

Las letras L y S en su superficie.

La marca de la familia.

La marca de la posesión.

La prueba de que Ricardo Montenegro no había enviado un regalo.

Estaba marcándolos.

Sofía se encontraba más cerca de la mesa. Sus ojos se agrandaron.

«Son bonitos», murmuró.

«No los toques.»

La voz de Isabella sonó demasiado rápida.

Demasiado afilada.

Sofía parpadeó, sorprendida.

Isabella se arrepintió al instante, pero todo su cuerpo ya se había tensado de pies a cabeza.

Lucas se acercó al borde de la mesa y observó la caja con expresión impasible.

«No me gustan.»

«No están hechos para gustarte», respondió Isabella.

Alejandro tomó de nuevo la nota entre sus dedos y la leyó por segunda vez, como si aquella breve frase pudiera cambiar si la miraba con suficiente insistencia.

Ya es hora de que se reconozca la sangre de los Montenegro.

Su mandíbula se endureció.

«Mi padre ha perdido el juicio.»

«¿Acabas de darte cuenta?», replicó Isabella con frialdad.

La mirada de Alejandro se alzó hacia ella.

No respondió a su sarcasmo.

Quizá porque, incluso para él, aquello había sobrepasado todos los límites.

Lucas arqueó una pequeña ceja, idéntica a la de su padre.

«¿Qué significa eso de «sangre de los Montenegro»?»

Nadie contestó de inmediato.

Y a Lucas, por supuesto, no le gustaban ese tipo de silencios.

«Si los adultos empezaran a hablar como gente normal, sería de gran ayuda», comentó.

Sofía volvió a mirar los anillos.

«¿Es como un regalo de bienvenida?»

«No», respondieron Isabella y Alejandro al unísono.

Lucas desvió la mirada de uno a otro.

«Cuando están de acuerdo, suele significar que es algo serio.»

El niño era realmente demasiado perspicaz.

Alejandro cerró la caja con un movimiento firme y decidido.

«No es un regalo», explicó. «Es… un mensaje.»

«¿Un mensaje malo?», preguntó Sofía.

«Sí», respondió Isabella.

«Un mensaje muy malo.»

Sofía frunció los labios y abrazó con más fuerza a su muñeco, el señor Bigotes.

«No me gustan los regalos de personas malas.»

Lucas soltó un resoplido.

«Antes decías que eran bonitos.»

«Eso fue antes de saber que quien los envía es malo.»

En otra situación, Isabella habría sonreído.

Aquella mañana, solo sintió un nudo en el estómago.

Alejandro tomó la caja y se la entregó a Marta.

«Guárdala en mi despacho. Bajo llave. Nadie la toca sin mi permiso.»

Marta asintió con rapidez y se retiró.

En cuanto la caja desapareció de la mesa, el aire de la cocina pareció volverse un poco más respirable.

Solo un poco.

No mucho.

Lucas seguía de pie con los brazos cruzados.

«¿El viejo ha enviado los anillos porque cree que somos de su propiedad?»

Isabella miró a su hijo.

El niño tenía la habilidad de llegar al fondo de las cosas con una precisión inquietante.

«Cree que puede decidir sobre muchas cosas», respondió con cautela.

Lucas asimiló sus palabras.

Luego miró a Alejandro.

«¿Tú también lo crees?»

La pregunta cayó como una piedra.

Alejandro no evitó su mirada.

«Antes, sí», admitió.

Lucas frunció el ceño.

«¿Y ahora?»

Alejandro sostuvo la mirada de su hijo.

«Ahora he aprendido que la familia no es algo que pueda marcarse, controlarse o imponerse por la fuerza.»

Isabella no sabía qué resultaba más peligroso: aquellas palabras, o el hecho de que las pronunciara con total sinceridad.

Sofía inclinó la cabeza.

«¿Entonces no nos pondremos esos anillos feos?»

«No», respondió Isabella al instante.

«Jamás.»

Sofía pareció aliviada.

«Bien. Yo prefiero los lazos.»

Lucas puso los ojos en blanco, aunque esta vez no añadió ningún comentario.

Alejandro miró el reloj.

«Necesito hablar con tu madre.»

«Yo también quiero hablar con mamá», intervino Lucas.

«Y yo quiero más tortitas», agregó Sofía.

En otra vida, aquella escena habría resultado graciosa.

En la suya, se sentía como caminar sobre cristales rotos mientras intentaba mantener una sonrisa.

Isabella se arrodilló frente a sus hijos.

«Desayunad y luego bañaos. Después hablaremos con calma, ¿vale?»

Lucas entrecerró los ojos.

«¿Hablar de verdad? O es ese tipo de conversación de adultos que en realidad significa «ya hablaremos luego»?»

«Hablar de verdad.»

El niño la observó durante unos segundos y asintió.

Sofía era más fácil de convencer.

«Entonces quiero un lazo amarillo hoy.»

«Claro, cariño.»

Marta regresó y acompañó a los niños al pequeño comedor contiguo a la cocina.

Lucas se fue sin dejar de mirar una vez a Alejandro, como si le enviara una advertencia silenciosa.

Sofía agitó la mano al despedirse.

«No discutáis demasiado fuerte.»

La puerta se cerró tras ellos.

El silencio volvió a instalarse.

Esta vez, más pesado que antes.

Alejandro permanecía de pie junto a la isla de cocina, con ambas manos apoyadas sobre la superficie de mármol y la cabeza ligeramente inclinada.

Isabella conocía esa postura.

Era la de alguien que contenía algo terrible para evitar que saliera a la luz.

«Los ha marcado», dijo Isabella.

La voz de Alejandro sonó impasible.

«Lo sé.»

«¿Y aún quieres hacerme creer que todo se puede controlar?»

Alejandro alzó la vista.

Sus ojos oscuros buscaron los suyos al instante.

«No», respondió. «Te digo simplemente que esto ha sobrepasado todo límite aceptable.»

«¿Solo ahora?»

No intentó ocultar su amargura.

Ya no tenía fuerzas para suavizar sus palabras.

Alejandro aceptó aquel golpe como solía hacerlo siempre.

Sin esquivarlo.

Sin responder.

«Mi padre no volverá a acercarse a ellos», afirmó. «Me aseguraré de ello.»

«¿De qué manera?»

«Le retiraré el acceso a este edificio. Cambiaré todo el sistema de seguridad.

Pondré todos los asuntos de la casa bajo la supervisión de Marco. Y si es necesario…»

«¿Si es necesario qué?», lo interrumpió Isabella. «¿Demandarás a tu propio padre?»

«Si es necesario, sí.»

Su tono no era elevado.

Precisamente por eso resultaba aún más contundente.

Isabella lo observó fijamente durante un buen rato.

«¿Y qué quieres a cambio?», preguntó finalmente.

La mandíbula de Alejandro se tensó.

«No todo en la vida es una transacción, Isabella.»

«¿En tu familia? Todo es una transacción.»

Se acercó un paso.

«Así que dímelo con claridad. ¿Cuál es el precio de tu protección esta vez?»

Los ojos de Alejandro se oscurecieron.

Algo se agitó en su interior: dolor, ira, y luego desapareció tras su habitual control.

«No pido nada de ti.»

«Eso es aún peor.»

«¿Por qué?»

«Porque un hombre como tú es más peligroso cuando da algo sin reclamarlo. Significa que ya ha decidido el pago en su mente.»

Por un instante, Alejandro pareció querer decir muchas cosas.

Sin embargo, lo único que salió de sus labios fue:

«El pago se lo reclamo a mí mismo.»

Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire.

Demasiado sinceras.

Demasiado desnudas.

Isabella las odió.

Odiaba que aquella parte de sí misma que llevaba tanto tiempo enterrada aún fuera capaz de sentir algo cuando él hablaba así.

«No», dijo con frialdad.

Alejandro frunció levemente el ceño.

«¿No qué?»

«No hables como si te arrepintieras de tal manera que me haga querer creerte.»

El silencio volvió a caer entre ellos.

Era distinto al anterior.

Más íntimo.

Más peligroso.

Alejandro dio un paso hacia ella.

Sin tocarla.

Sin acercarse lo suficiente para romper la distancia que se habían impuesto.

Pero sí lo bastante para recordarle que su cuerpo aún reconocía su calor sin pedir permiso.

«No me arrepiento de una forma que te haga querer creerme», dijo en voz baja.

«¿Entonces?»

«Me arrepiento de una forma que me impide conciliar el sueño.»

Maldición.

Maldito fuera él.

Isabella alzó la barbilla, furiosa consigo misma por notar cómo su respiración se alteraba.

«Eso no cambia nada.»

«Lo sé.»

«No», replicó ella con más firmeza.

«Lo sabes en teoría.

Pero no en la práctica. En la práctica, hace unos instantes dos niños pequeños creyeron que esos anillos eran un regalo.

En la práctica, he tenido que leer una nota de tu padre que habla de sangre como si mis hijos fueran ganado.»

Alejandro la miró sin parpadear.

Luego habló con una calma absoluta y una claridad tajante.

«No pertenecen a mi apellido.»

El corazón de Isabella latió con fuerza.

«Entonces demuéstralo.»

Algo cambió en el rostro de Alejandro.

No fue ira.

Sino la expresión de quien acaba de tomar una decisión definitiva.

Sacó su teléfono y llamó a Marco.

En cuanto la llamada se conectó, su voz se tornó helada.

«Marco. Contacta con el bufete Ortega.

Quiero que se envíe una orden de restricción oficial contra Ricardo Montenegro hoy mismo.»

Hizo una breve pausa.

«Sí, hoy. Añade también una cláusula que establezca que cualquier tipo de contacto, directo o indirecto, con Lucas y Sofía deberá pasar previamente por nuestros abogados.»

Isabella permaneció inmóvil.

Alejandro continuó:

«No, no me importa cuál sea su reacción. Si es necesario, haz saber al consejo que ha sobrepasado los límites de la familia.»

Cortó la llamada y volvió a mirarla.

«¿Es suficiente?»

No.

Nunca sería suficiente.

Pero aquello era mucho más real que cualquier disculpa que hubiera escuchado de sus labios.

«Por hoy, sí», respondió.

Los ojos de Alejandro descendieron brevemente hasta sus labios.

Un error.

Siempre era un error cuando hacía eso.

Isabella cruzó los brazos con firmeza sobre su pecho.

«No lo hagas.»

«¿Hacer qué?»

Odiaba que repitiera sus palabras de esa forma.

«No me mires así.»

«¿Cómo?»

«Como si te acabara de dar una razón para seguir respirando.»

La mandíbula de Alejandro se tensó.

«Lamentablemente, estás demasiado cerca de la verdad.»

Maldición.

Realmente maldito fuera.

Antes de que Isabella pudiera responder, se escucharon pasos cortos desde la puerta.

Allí estaba Lucas, con su habitual expresión desconfiada.

«Habéis discutido, pero en voz más baja de lo normal.»

Sofía apareció detrás de él, con su lazo amarillo ya puesto y torcido sobre su cabello.

«Te dije que no asustarais.»

Alejandro retrocedió medio paso.

El espacio entre ellos volvió a parecer neutro.

O al menos aparentarlo.

«Ya hemos terminado», aseguró Isabella.

Lucas los observó a ambos.

Era evidente que no lo creía del todo.

Pero esta vez decidió no insistir.

«Entonces tengo una pregunta.»

Entró en la cocina y se detuvo justo frente a la mesa.

«Si el viejo vuelve a enviar más anillos, ¿puedo tirarlos por el inodoro?»

Sofía soltó un grito de sorpresa.

«¡Lucas!»

«¿Qué? Es defensa personal.»

Alejandro miró a su hijo.

Y, para sorpresa de Isabella, una pequeña sonrisa dibujó sus labios.

No casi imperceptible.

Realmente allí.

«Desde un punto de vista legal, mejor no», respondió.

Lucas entrecerró los ojos.

«¿Y desde un punto de vista no legal?»

«No he escuchado esa pregunta.»

Sofía soltó una risita.

Y aquel sonido claro, inocente y cálido rompió la tensión del ambiente como un rayo de sol que se abre paso en un lugar demasiado frío.

Por un breve instante, todo pareció no estar completamente perdido.

Entonces el teléfono de Alejandro vibró de nuevo.

Miró la pantalla.

Su expresión cambió al instante.

No fue ira.

Ni sorpresa.

Algo mucho peor: una calma calculada.

«¿Es Marco?», preguntó Isabella.

Alejandro atendió y activó el altavoz.

«Señor», se escuchó la voz de Marco, cargada de tensión. «Hay un problema.»

«Por supuesto que lo hay», murmuró Lucas.

Alejandro mantuvo la mirada fija en el teléfono.

«Cuéntame.»

«Ricardo se ha adelantado. Esta mañana ha enviado una comunicación oficial al consejo del fondo familiar y a la fundación Montenegro.»

Isabella sintió cómo se le contraía el estómago.

«¿Su contenido?», preguntó Alejandro.

Marco guardó silencio durante una fracción de segundo.

Luego habló con un tono que hizo que el aire de la cocina se volviera de repente denso.

«Solicita una prueba de paternidad inmediata para Lucas. Y afirma que, si se confirma, el niño será el primer heredero varón directo de la familia Montenegro.»

Nadie pronunció palabra.

Marco continuó:

«Y señor… también ha solicitado el derecho oficial de visitas familiares para ambos niños mientras dure el proceso.»

Sofía, sin comprender del todo, miró de uno a otro adulto.

Lucas, por el contrario, entendió perfectamente.

«¿Quiere llevarnos?», preguntó con voz suave.

Aquella pregunta golpeó con más fuerza que cualquier nota, anillo o amenaza anterior.

Alejandro alzó la vista.

Sus ojos se encontraron con los de su hijo.

Y respondió con una voz grave, firme y absoluta.

«Lo intentará.»

El corazón de Isabella pareció detenerse por un instante.

Alejandro mantuvo su mirada fija en Lucas y añadió:

«Y fracasará.»

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