Mundo de ficçãoIniciar sessão«Lo intentará».
Alejandro miró a Lucas mientras pronunciaba esas palabras. «Y fracasará». Nadie se movió. El teléfono en la mano de Alejandro seguía encendido; se percibía la respiración lejana de Marco por el altavoz, pero en ese instante a nadie le importaba. Solo estaba Lucas. Lucas, con su cuerpo menudo que de pronto parecía aún más pequeño de lo habitual. Lucas, que miraba a Alejandro como si quisiera comprobar si aquellas palabras eran lo bastante sólidas para servirle de apoyo. «¿Quiere llevarnos?», repitió en voz baja. Sofía agarró de inmediato el brazo de Isabella. «¿A dónde?». «A ninguna parte», respondió Isabella con rapidez. Se arrodilló ante sus dos hijos y les tomó los hombros. Se obligó a mantener la voz suave, aunque su corazón latía con fuerza contra sus costillas. «Escúchame bien. Nadie va a llevaros. Nadie os separará de esta casa. Nadie os separará de mí». Lucas seguía mirando a Alejandro. «¿Y tampoco de ti?», preguntó sin alterarse. Alejandro se acercó. No demasiado. Lo bastante para que pudieran verlo y oírlo con claridad. «Tampoco de mí», respondió. «Y tampoco de nadie más». Isabella odió darse cuenta de que confiaba en el tono de su voz. No en el hombre. Todavía no. Pero sí en su forma de hablar. Sofía frunció el ceño. «¿Qué es un heredero?». El silencio se instaló por un instante. Lucas fue el primero en contestar. «Es como una persona a la que le dejan todas las cosas de los ricos». «¿Cosas?», preguntó Sofía. «Dinero. Casas. El apellido de la familia. Y problemas». Alejandro casi habría sonreído de no ser porque la situación era tan grave. Isabella acarició la mejilla de Sofía. «Eso es asunto de mayores. No es carga vuestra». «Todo lo que da miedo siempre se dice que es asunto de mayores», murmuró Lucas. El niño tenía razón. Lamentablemente, el niño casi siempre tenía razón. Alejandro volvió a llevarse el teléfono a la oreja. «Marco». «Sí, señor». «Apaga el altavoz y contacta con Ortega ahora mismo. Quiero que esté en la línea privada dentro de cinco minutos». «Enseguida, señor». Se cortó la comunicación. Alejandro miró a Marta, que permanecía tensa en el umbral de la puerta del comedor. «Marta, por favor, lleva a Lucas y a Sofía a desayunar a la sala de cristal. Que no entre ningún otro miembro del personal aparte de ti». Marta asintió con presteza. Sofía dudaba en moverse. «Pero mamá…». Isabella le besó la frente. «Mamá irá en un momento». Lucas seguía en silencio. Y luego se dirigió a Alejandro con una calma sorprendente para un niño de cinco años: «Si mientes, me daré cuenta». La mirada de Alejandro no vaciló. «Si miento, tendrás todo el derecho a odiarme». Lucas pareció sopesar sus palabras. Luego tomó la mano de Sofía y se fue junto a Marta. En cuanto la puerta se cerró, el aire de la cocina cambió por completo. Ya no se oían voces infantiles. Ya no había ningún freno. Solo quedaban Isabella y Alejandro. Y la guerra. «Quiero irme de aquí». Fue lo primero que salió de los labios de Isabella. Alejandro negó con la cabeza de inmediato. «No puedes». «No te pido permiso». «Y yo no te doy esa opción». Isabella soltó una risa breve. Seca. Llena de ira. «Claro que no. Un Montenegro siempre cree tener derecho a decidir por los demás». «Intento impedir que mi padre extienda aún más sus garras». «¿Encerrándome en tu casa?». Alejandro se acercó a la isla de la cocina y apoyó ambas manos sobre la encimera de mármol. Tenía la mandíbula rígida. Y su mirada oscura era aún más dura. «Si te vas ahora, Ricardo ganará dos veces». «En primer lugar, sabrá que su amenaza ha surtido efecto». «En segundo lugar, verá que sigues reaccionando igual que hace seis años: huyendo para protegerte y dejándole a él la libertad de contar la historia a su manera». La sangre hirvió en las venas de Isabella. «No huí. Sobreviví». La expresión de Alejandro cambió levemente. Lo bastante para demostrar que sabía haber elegido mal las palabras. «Tienes razón», dijo con suavidad. «Sobreviviste. Y no voy a permitir que te veas obligada a volver a hacerlo sola». Aquellas palabras la golpearon con demasiada fuerza. Porque sonaban como una promesa. Porque sonaban como un lamento. Y porque Isabella sabía que la parte más necia de su ser seguía deseando escuchar cosas así de aquel hombre. El teléfono de Alejandro sonó. Contestó al instante. «Ortega». Se oyó la voz serena del hombre mayor al otro lado de la línea. «Señor Montenegro. Marco me ha dicho que se trata de un asunto urgente». «Ricardo ha presentado una solicitud de prueba de paternidad y derechos de visita familiar». «Ya veo». Fue solo un murmullo, pero suficiente para dejar claro la gravedad de la situación. «¿Cuál es el camino más rápido?», preguntó Alejandro. «Si desea impedirlo, hay dos opciones. La primera es una vía contundente». «Presentaríamos una orden de protección por acoso y amenazas contra la familia». «¿Y la segunda?». «El reconocimiento voluntario». «Usted reconoce la paternidad de forma privada ante el juzgado de familia, con el consentimiento de la madre». «Y luego solicitamos que todo el expediente quede sellado por protección de menores». «Una vez tramitado, las pretensiones de Ricardo quedarán muy debilitadas, ya que no podrá reclamar derechos sin la autorización de los padres». Isabella se acercó un paso más. «¿Y si yo no doy mi consentimiento?». Ortega guardó silencio un instante. «¿Señorita Vargas?». «Sí». «Si usted se niega, Ricardo podrá seguir presionando a través del fondo fiduciario y los medios de comunicación». «Eso no significa que gane». «Pero dispondrá de mucho más tiempo para convertir su vida en un infierno». Al menos había alguien en el círculo de Alejandro que hablaba con franqueza, sin adornos. «¿Hay alguna forma de evitar que sometan a los niños a un examen público?», preguntó Isabella. «La hay», respondió Ortega. «Pero requiere que usted y el señor Montenegro cooperen. Y rápido». Alejandro miró a Isabella. No habló. Esperó. No dio órdenes. Esperó. Eso le resultó más inquietante que si hubiera intentado imponer su voluntad. «¿De cuánto tiempo disponemos?», preguntó Isabella. «Veinticuatro horas», contestó Ortega. «Si Ricardo ya ha movido ficha ante el consejo del fondo, debemos adelantarnos antes de la reunión de mañana por la noche». Mañana por la noche. Así que Ricardo no se limitaba a amenazar. Actuaba como un depredador que ya había olido sangre. «Te llamaré en breve», dijo Alejandro. Cortó la llamada. Y de nuevo reinó el silencio en la cocina. «No me mires así», dijo Isabella. Alejandro frunció el ceño. «¿Cómo te miro?». «Como si ahora la decisión dependiera de mí y fuera a respetarla». «Y así es». Aquello despertó su ira. Más ira de la que debería haber sentido. Porque no estaba preparada para aceptar un gesto de bondad de aquel hombre. No cuando la amenaza llegaba de todas partes. No cuando una herida del pasado acababa de volver a abrirse. «Si accedo, no lo hago por ti», advirtió con firmeza. «Lo sé». «Lo hago por ellos». «Lo sé». «Y no intentes presentarte como un padre ejemplar después de cinco años». La expresión de Alejandro se tornó más rígida. No por ira. Más bien como si una voluntad férrea intentara alzarse sobre el peso de la culpa. «No puedo convertirme en un buen padre en un solo día», respondió. «Pero puedo empezar por asegurarme de que nadie les ponga un dedo encima». A Isabella se le cortó la respiración. Maldición. Porque sonaba sincero. Porque su propio cuerpo le hacía odiar lo sincero que le resultaba. Se giró dispuesta a alejarse. Alejandro se movió con mayor rapidez y se interpuso en su camino. Sin tocarla. Solo bloqueando su paso. Demasiado cerca. Demasiado cálido. Demasiado Alejandro. «Si te vas ahora», dijo en voz baja, «no podré protegeros». Isabella alzó la vista con decisión. «No necesito que me protejas». «Quizás no», sostuvo su mirada con firmeza. «Pero nuestros hijos necesitan que dejemos de hacernos daño el tiempo suficiente para salir victoriosos de esto». Nuestros hijos. Isabella odió la sensación que le provocaron aquellas dos palabras. Densas. Verdaderas. Peligrosas. Su corazón latía con fuerza. «Aléjate», susurró. Alejandro permaneció inmóvil un segundo. Dos. Luego retrocedió medio paso. Lo justo. Siempre lo justo para recordarle que, aunque deseara acercarse más, sabía contenerse. La puerta de la cocina se abrió antes de que Isabella pudiera volver a hablar. Lucas entró primero. Por supuesto. «¿Entonces?», preguntó. «¿Tenemos que escondernos en un búnker?». Sofía asomó detrás de él. «No quiero un búnker si no tiene ventanas». Alejandro soltó un suspiro breve. «No hace falta ningún búnker». «¿Cómo puedes estar seguro?», insistió Lucas. «Porque me estoy ocupando de ello». «Los mayores siempre dicen eso justo antes de que todo empeore». Maldición. Alejandro miró fijamente al niño y respondió: «Entonces tendrás permiso para vigilarme mientras lo hago». Lucas ladeó la cabeza. «Eso suena como un trabajo». «Es un trabajo». «¿Pagan por ello?». Sofía miró a su hermano con los ojos muy abiertos. «¡Lucas!». Pero Alejandro respondió: «Tortitas extra». Lucas valoró la oferta con mucha seriedad. «Dos». Alejandro asintió. «Una y media». «Eso no es una cantidad que sirva para comer». «De acuerdo, dos, siempre y cuando no pongas patas arriba la cocina». Lucas lo observó con desconfianza. Y luego, con un gesto casi imperceptible, algo parecido a la aceptación cruzó su pequeño rostro. «Lo pensaré». Sofía tiró del brazo de Isabella. «Mamá, ¿podremos ir al parque después?». Esa era la parte que más le dolía. Los niños no entendían de conflictos familiares. Solo sabían que existía el parque, las tortitas y que de repente los mayores hablaban en voz muy baja. Isabella miró a Alejandro. Fue él quien respondió. «Hoy no, pequeña». El rostro de Sofía se entristeció. «¿Por qué?». «Hay gente de fuera demasiado curiosa. Y eso no me gusta nada». Sofía reflexionó sobre sus palabras y luego asintió con pesar. «Está bien. Pero si me aburro, será culpa vuestra». Lucas soltó un resoplido. «Como casi siempre». Una hora después, el ático había cambiado por completo. Dos nuevos guardias de seguridad vigilaban el vestíbulo privado. Se reconfiguró el acceso a todos los ascensores. Marco llegó personalmente con una carpeta de documentos y un semblante mucho más serio de lo habitual. Apenas parpadeó al ver pasar a Lucas con un dinosaurio de plástico entre las manos. Pero cuando Sofía alzó su coneja de peluche y le dijo: «Hola, señor Marco», el hombre pareció a punto de sonreír de verdad. Alejandro estaba en su despacho firmando papeles. Isabella lo observaba desde el umbral de la puerta. Todavía no había tomado una decisión definitiva. Todavía no. Pero podía ver la velocidad con la que se ponía en marcha la maquinaria de los Montenegro cuando Alejandro decidía hacerlo. Y resultaba aterradora. Y al mismo tiempo útil. Marco terminó de explicar los pasos legales cuando su tableta vibró. Echó un vistazo a la pantalla. Su expresión se endureció al instante. «Señor». Alejandro alzó la vista. «¿Qué ocurre?». Marco miró primero a Isabella, como calculando si los niños estaban lo bastante lejos. Estaban en la sala de cristal con Marta. A salvo. Por el momento. «Se han filtrado los certificados de nacimiento». El mundo pareció encogerse. Alejandro se puso en pie con tanta rapidez que su silla resbaló hacia atrás. «¿Qué quieres decir con que se han filtrado?». Marco le mostró la pantalla. En un sitio web de cotilleos y en dos grandes cuentas de redes sociales aparecían capturas de documentos hospitalarios. Fecha de nacimiento. Peso al nacer. Nombre de la madre: Isabella Vargas Casilla del padre: En blanco El titular que encabezaba la información era aún más cruel: ¿Hijos secretos del consejero delegado? Revelados los documentos de nacimiento de los gemelos Vargas Las manos de Isabella se quedaron heladas. No por los datos en sí. Sino porque alguien había irrumpido en el momento más íntimo de su vida y lo había expuesto a todo el mundo. Lucas había pesado trescientos diez gramos. Sofía, doscientos noventa. Todavía recordaba el miedo de aquel día. El quirófano. La sangre. Su primer llanto. Y ahora todo aquello se había convertido en carnaza para atraer clics. «Ricardo», dijo Alejandro. No era una suposición. Era una afirmación. Marco asintió con gravedad. «Aún no hay pruebas directas». «Pero la fuente original procede de una cuenta anónima que ya se utilizó para una filtración interna del grupo hace seis meses». Alejandro tomó su teléfono. Su expresión había cambiado por completo. Ya no quedaba rastro del padre torpe que prometía tortitas. Ni del hombre que observaba a Isabella demasiado tiempo. Solo quedaba el depredador. Frío. Preciso. Letal. «Ortega. De inmediato». Se volvió hacia Isabella. Sus ojos eran oscuros y decididos. «Ya no tenemos veinticuatro horas». Isabella miró una vez más la pantalla. Luego dirigió la vista a la sala de cristal, donde Lucas enseñaba su dinosaurio a Sofía. Sin saber que todo internet acababa de conocer cada detalle del principio de sus vidas. Sintió una opresión en el estómago. Ya no se trataba de rencores del pasado. Ni de acuerdos. Ni de quién se había equivocado años atrás. Esto era guerra. Y alguien acababa de atacar a sus hijos. «Está bien», dijo. Su voz sonó más fría de lo que se sentía por dentro. «Acepto». Alejandro se quedó inmóvil un instante. «Isabella…». «Pero escúchame bien». Dio un paso hacia él. «Si utilizas tu apellido para hacerles daño, yo seré la primera en destruirte». La mirada de Alejandro no vaciló. Luego asintió una sola vez. «Trato hecho». En la sala de cristal, Lucas alzó la vista a través del cristal transparente. Sus ojos oscuros se encontraron con los de su padre. Y de algún modo, el niño supo al instante que algo había cambiado. «¿Así que ya estamos en guerra de verdad?», preguntó al entrar en el despacho. Alejandro miró a su hijo. Y respondió con voz grave y firme: «Sí». Lucas asintió despacio. Y luego dijo algo que dejó a Isabella sin saber si sentirse orgullosa o asustada. «Menos mal. Odio que empiecen las guerras sin avisar».






