Mundo ficciónIniciar sesiónLa sonrisa de Ricardo Montenegro no era amplia.
No hacía falta. Aquella leve curvatura de labios bastaba para que un escalofrío helado recorriera la espalda de Isabella. El anciano permanecía de pie bajo las lámparas doradas del salón. En una mano sostenía su bastón negro. Su mirada aguda se clavaba directamente en ellos, más allá del instante que unos segundos antes había quedado oculto entre los labios de Isabella y los de Alejandro. Se fijaba en la mano de Alejandro, que aún casi rozaba su cintura. En esa grieta que ahora resultaba demasiado evidente para negarla. Lo veía todo. Y, lo que era peor, lo comprendía todo. Alejandro también lo había visto. En un instante, la expresión de su cuerpo cambió por completo. El calor peligroso que aún perduraba tras el beso se apagó como una vela que se sofoca con los dedos. Lo único que quedó fue acero: frío, callado, letal. Las cámaras seguían disparando. El fotógrafo seguía sonriendo satisfecho, ajeno a todo lo demás. El equipo de comunicación actuaba con rapidez, guiándolos para que se apartaran del fondo decorado. Alejandro se inclinó levemente hacia ella. «No lo mires demasiado tiempo.» «Ya es tarde», respondió Isabella en voz baja. «Hablo en serio.» Ella volvió apenas la cabeza, lo suficiente para observarlo de reojo. «Yo también.» Ricardo comenzó a caminar hacia ellos. Despacio. Sin prisa alguna. Como un hombre que nunca corre tras nada, pues tarde o temprano todo acaba acudiendo a sus pies. Los dos inversores que Isabella había distinguido antes se irguieron al instante. Varios invitados se apartaron en silencio, abriéndole paso. El salón no había enmudecido por completo, pero toda la atención se había desplazado hacia un mismo punto: la familia Montenegro. Y el drama que ya no podía ocultarse tras el champán y los vestidos de noche. «Una escena conmovedora», dijo Ricardo al detenerse frente a ellos. Su tono era suave, y al mismo tiempo cargado de veneno. «No sabía que mi hijo seguía siendo capaz de parecer… humano.» Los dedos de Isabella se cerraron en un puño a su costado. Alejandro ni siquiera parpadeó. «Si has venido solo para insultar, puedes marcharte.» Ricardo lo ignoró por completo. Su mirada se deslizó hacia Isabella. «Un beso muy convincente, nuera. Casi me habría convencido de que os gustáis de verdad.» «¿Casi?» Isabella inclinó levemente la cabeza. «Entonces su capacidad de observación decae con la edad.» Dos invitados cercanos ahogaron una risita. Alejandro no volvió la vista, pero Isabella percibió que toda su atención se centraba en ella. Ricardo, en cambio, esbozó una sonrisa un poco más amplia. «Bien», dijo. «Al menos esta vez mi hijo ha elegido una mujer que no resulta aburrida.» «Y esta vez», intervino Alejandro, «tú no tienes derecho a elegir nada.» Las miradas de padre e hijo chocaron en el aire. Frente fría contra frente fría. Control contra control. Isabella no sabía cuál de los dos resultaba más peligroso: si Ricardo, o la versión de Alejandro que había sido forjada bajo su influencia. «Mañana por la mañana hay una reunión con el consejo de la fundación», dijo Ricardo con calma. «Les alegrará ver que la imagen de la familia se va reconstruyendo.» «Si quieren ver una familia, que se miren al espejo.» Ricardo chasqueó la lengua con suavidad. «Sigues siendo tan impulsivo.» Luego volvió a dirigirse a Isabella. «Un beso para las cámaras es una cosa. Pero los herederos son otra muy distinta.» Ahí estaba la palabra. Herederos. El estómago de Isabella se contrajo de inmediato. «Padre», advirtió Alejandro. Su voz sonó grave y muy baja. «Una sola palabra más sobre los niños y te haré salir de este salón con mis propias manos.» Ricardo observó a su hijo durante un buen rato. Luego, como si estuvieran comentando simplemente el clima, respondió: «Siempre eres más fácil de controlar cuando estás protegiendo algo.» Alejandro dio medio paso hacia él. Isabella sujetó la manga de su chaqueta antes de que pudiera acercarse más. El contacto hizo que los músculos de su brazo se tensaran bajo sus dedos. «No aquí», susurró ella. Alejandro mantuvo la mirada fija en su padre. Pero se detuvo. Y Ricardo también lo advirtió. Por supuesto que lo advirtió. «Interesante», murmuró el anciano. «Hasta la próxima.» Se dio la vuelta y se alejó. Sin prisas. Sin mostrar el menor indicio de alarma. Como un hombre que acaba de verter veneno en la copa de otro y cuenta con toda la noche para esperar sus efectos. En cuanto estuvo lo bastante lejos, Isabella soltó el brazo de Alejandro. Él la miró entonces. «Casi le rompo la nariz.» «¿Y le habrías dado exactamente lo que busca?» «Ya tiene demasiado tal como está.» «Entonces no le des más motivos.» Los ojos oscuros de Alejandro descendieron hasta los labios de ella. No era el momento oportuno. No había una razón lógica. Y aun así, lo hizo. «Hablemos en privado», dijo. «No.» «Tenemos que conversar.» «Ya lo has hecho con bastante claridad hace un momento, usando tus labios.» Alejandro soltó una breve exhalación. No era una risa. Más bien el suspiro de alguien que está al límite de su propia paciencia. La condujo por un pasillo lateral antes de que ella pudiera negarse por segunda vez. El vestidor VIP era mucho más oscuro que el salón principal. Más reducido. Y más peligroso. En cuanto la puerta quedó cerrada, Isabella se volvió hacia él. «Te has excedido de los límites.» Alejandro cerró la puerta con suavidad. «Te besé para detenerlos.» «No mientas.» Isabella dio un paso hacia él. «Quizá empezara por las cámaras, pero no te detuviste por ellas.» La mandíbula de Alejandro se endureció. No lo negó. «Bien», dijo ella con firmeza. «Al menos por fin somos sinceros en algo.» Volvían a estar demasiado cerca. Otra vez. Con demasiada frecuencia, últimamente. Isabella odiaba ser consciente de que aún sentía el rastro de aquel beso en sus labios. Que aún recordaba la presión de su boca, la forma en que se había detenido demasiado tiempo, la manera en que su propio cuerpo se había quedado inmóvil un instante de más antes de reaccionar. «Debería haberte empujado mucho antes», comentó. Alejandro la miró fijamente. «Tal vez.» «¿Tal vez?» «Si de verdad hubieras querido que me detuviera, lo habrías conseguido.» La ira de Isabella creció con tanta rapidez que casi logró ocultar algo mucho más vergonzoso: que aquellas palabras tocaban una parte de ella que sabía que tenía razón. «No te atrevas a culparme de lo que tú has decidido hacer.» «No te culpo», respondió Alejandro con la voz más grave. «Solo digo que sé que el sentimiento sigue ahí.» El silencio se apoderó del espacio. Denso, vergonzoso, y totalmente real. Isabella alzó la barbilla con orgullo. «Lo único que sigue presente es mi costumbre de odiarme a mí misma cada vez que me acerco demasiado a ti.» Algo brilló en la mirada de Alejandro. Dolor, afilado y punzante, aunque no lo suficiente para satisfacerlo. «Anoche descubrí que mi padre destruyó tu vida», dijo en voz baja. «Esta noche he besado a mi esposa frente a quienes esperan vernos caer.» «No me encuentro precisamente en mi mejor momento, Isabella.» Hizo una pausa. Y añadió aún más despacio: «Pero tampoco voy a fingir que aquel beso no fue real para mí.» El corazón de Isabella latía con fuerza desmedida. Odiaba escuchar la palabra «real» pronunciada por sus labios. Odiaba que ella también lo sintiera así. «Por última vez», dijo ella, «si alguna vez hay cámaras de nuevo y necesitas una farsa, antes tendrás que preguntármelo.» Alejandro la observó durante unos segundos. «Si te lo preguntara, me dirías que no.» «Quizá.» «Aun así, te lo preguntaría.» Eso resultaba mucho más peligroso que una negativa rotunda. Isabella no respondió. Porque cualquier cosa que saliera de su boca probablemente revelaría algo que aún no estaba dispuesta a admitir. Se oyó un golpe suave en la puerta. «¿Señor Montenegro?» Era la voz del jefe de comunicación desde el otro lado. «Los medios ya se han retirado. El coche está preparado.» Isabella respiró hondo. Bien. Una interrupción. Era justo lo que necesitaba. Antes de que pudiera alejarse, Alejandro añadió: «Ricardo no se detendrá.» «Lo sé.» «Si intenta utilizar a los niños como moneda de cambio…» «Yo misma lo mataré antes de que tú tengas ocasión de hacerlo.» La comisura de los labios de Alejandro se curvó apenas. Una expresión oscura, casi orgullosa. «Lo único tranquilizador de tus palabras», dijo, «es que sé que hablas en serio.» Lucas seguía despierto cuando regresaron. Por supuesto. El niño estaba sentado en el sofá del salón, envuelto en una manta y con un libro abierto sobre sus rodillas. Primero miró el reloj de la pared. Luego a su madre. Y finalmente a Alejandro. Entrecerró los ojos con desconfianza. «Habéis tardado mucho.» «Deberías estar durmiendo», dijo Isabella. «Ya me lo dijiste hace dos horas.» No había forma de contradecirlo. Lucas cerró el libro. Su mirada se deslizó hasta los labios de Isabella. Luego se detuvo en Alejandro. Y volvió otra vez a los labios de su madre. Maldición. El niño era demasiado perspicaz. «Has besado a mamá», afirmó con total naturalidad. Desde el pasillo se escucharon pasos pequeños. Apareció Sofía, vestida con su pijama amarillo y con el cabello despeinado, frotándose los ojos con los puños. «¿Qué?», preguntó somnolienta. «¿Quién ha besado a quién?» Isabella deseó poder desvanecerse en el aire. Alejandro, por el contrario, se mantuvo inmóvil, como si su fortuna empresarial de mil millones de dólares no le hubiera enseñado nada sobre cómo responder al interrogatorio de dos niños. «Es un asunto de adultos», intervino Isabella. Lucas chasqueó la lengua. «Siempre decís eso. Significa que sí.» Sofía miró a Alejandro con los ojos entrecerrados por el sueño. «¿Fue un beso de verdad o solo para las cámaras?» Se hizo un silencio absoluto. Alejandro observó a la pequeña. Y, con voz muy serena, respondió: «Una pregunta demasiado inteligente para esta hora de la noche.» Sofía pareció complacida consigo misma. Lucas, no tanto. Se puso de pie, se acercó y se detuvo justo frente a Alejandro. Pequeño, delgado, cubierto con su manta, pero sin mostrar el menor atisbo de miedo. «Si besas a mamá y la haces llorar», dijo con claridad y firmeza, «yo te pegaré.» «Aunque seas mi padre.» Alejandro miró fijamente a su hijo. Y asintió con mucha suavidad. «Anotado.» Lucas asimiló la respuesta y luego volvió su mirada hacia Isabella. «¿Estás triste?» Isabella tragó saliva. Una pregunta tan sencilla resultaba, sin embargo, la más difícil de contestar. «Estoy cansada», respondió. Lucas no pareció del todo convencido. Pero aceptó la respuesta, al menos por esa noche. Sofía, ya demasiado adormilada para complicarse con asuntos emocionales, tomó una mano de Isabella con la suya y la de Alejandro con la otra. «Si vais a discutir, no gritéis», murmuró. «Quiero dormir.» No era consciente de lo que acababa de hacer. Pero sus dedos diminutos mantuvieron unidas las manos de Isabella y Alejandro durante un segundo entero. Un segundo que se sintió demasiado largo, demasiado suave, y demasiado parecido a lo que podría ser una familia. Alejandro fue el primero en soltarse. Sin brusquedad, con sumo cuidado. Los ojos de Isabella se cruzaron con los suyos por un instante. Y tras la fatiga, la culpa y el control, descubrió algo que hizo que su pecho se contrajera. Deseo. No solo por su cuerpo. Por aquel hogar. Por los niños. Por algo aún más peligroso que la pasión. «Vamos a dormir», dijo Isabella con premura. Se llevó a Lucas y a Sofía antes de que el silencio pudiera convertirse en algo que ninguno de los dos sería capaz de dominar. A la mañana siguiente, una llamada fuerte golpeó la puerta. Isabella acababa de bajar al salón cuando entró Marta, llevando una caja larga envuelta en papel negro. El rostro de la mujer mostraba gran tensión. «Acaba de llegar, señora», informó. «El mensajero indicó que debía entregarse directamente a la familia.» Alejandro apareció casi al mismo tiempo desde el pasillo, con la camisa todavía desabotonada hasta la mitad. Lucas y Sofía asomaron detrás de él. «¿Un regalo?», preguntó Sofía. «No necesariamente», advirtió Lucas. Isabella leyó la pequeña nota pegada a la cinta negra. Para Lucas y Sofía. Sus dedos se enfriaron al instante. Alejandro tomó la nota primero. La leyó. Y su expresión se endureció al instante. «Es de mi padre.» Isabella no esperó más. Desató la cinta y abrió la caja. En su interior, sobre un fondo de terciopelo oscuro, reposaban dos pequeños anillos de plata antigua, miniaturas del sello familiar de los Montenegro, cada uno grabado con las letras L y S. Debajo había una tarjeta. Alejandro la tomó. La leyó una sola vez. Y se la tendió a Isabella. La caligrafía, pulcra y fría, contenía una única frase: Ya es hora de que se reconozca la sangre de los Montenegro. Ricardo Sofía miró con curiosidad. «Son bonitos.» Lucas observó los anillos como si se tratara de dos serpientes venenosas. E Isabella alzó lentamente la vista hacia Alejandro. El juego de la familia Montenegro acababa de cambiar de reglas. Ya no se trataba solo de rumores. Ni de besos frente a las cámaras. Ahora, Ricardo estaba marcando a sus hijos.






