Max dijo la sílaba cuando Alice no estaba preparada para escucharla.
No fue en una escena perfecta. No había música, ni luz dorada, ni Liam en la habitación para que el momento tuviera esa simetría que las historias inventan cuando quieren ordenar la vida. Fue en la manta de actividades, a las siete y dieciséis de la mañana, con Alice sentada en el suelo, el café frío en la mesa de lado y el pelo recogido a medias porque Max había despertado antes de que ella terminara de prepararse para el día.