El salón privado del club llevaba treinta años siendo el mismo.
Eso era lo que Margaret Walton apreciaba de él. Mientras Miami se rehacía a sí misma cada década —nuevas torres, nuevos apellidos, fortunas recientes con ansiedad de legitimidad—, el Club Brickell seguía intacto: cuero oscuro, latón opaco, moqueta burdeos, silencio caro.
Era un lugar para gente que no confundía visibilidad con poder.
Gerald Sinclair llegó a las dos menos cuarto.
Margaret lo vio entrar desde el sillón del fondo. Tra