El jueves a las cuatro, Liam entró a la habitación de Max.
El corredor del cuarto piso tenía la luz de siempre, esa claridad suave de la tarde que ya pertenecía a las visitas tanto como la mecedora, la cuna, la lámpara beige. Todo parecía ocupar su lugar habitual, pero Alice sabía que la habitación ya no era exactamente la misma desde el miércoles anterior.
Liam llegó con el libro azul en la mano. Al cruzar el umbral, miró primero a Max, que estaba en brazos de ella, moviendo las piernas con la