Dos días después del juicio de la Matriarca, la Mansión Vieri había mutado. Ya no era un hogar opulento, sino un búnker de alta seguridad. Las ventanas fueron reforzadas, las puertas selladas, y los guardias de Alessandro (fusionados ahora con los hombres de Dante) se movían con la precisión fría de un ejército.
La Mansión era el centro de comando. Alessandro y Aurora trabajaban sin descanso en la sala de guerra, un antiguo estudio convertido en centro de inteligencia. La proximidad, forzada po