Susana se quedó petrificada por un momento, y luego entendió.
Álvaro se había ido.
Apretó esa mano que gradualmente se enfriaba, pegó su mejilla firmemente contra su pecho, las lágrimas cayeron silenciosamente. Cuánto deseaba sentir una vez más su temperatura corporal, sus latidos, el sonido de su voz, su manera de sonreír.
Ayer, el atardecer del crepúsculo, resultó ser la última vez.
El ajedrez de anoche, también había sido la última partida.
Si hubiera sabido, le habría cortado una porción de