Milena, muy perspicaz, se llevó al equipo de estilistas.
En la amplia habitación, solo quedaron Damián y Aitana. El hombre giró a su esposa hacia él, cubriendo su rostro con la palma de su mano, acariciándola muy lentamente. Era la primera vez que contemplaba así el rostro de su esposa.
—¿No tendrás frío? —preguntó Damián con ojos profundos, mirando fijamente las facciones de su esposa, con toda la intención de un hombre seductor.
Aitana sonrió con serenidad: —Me pondré un abrigo cuando salgamos