Después, Álvaro llevaba una bata blanca como la nieve, recargado contra la cabecera fumando.
La chica se acurrucaba dócilmente en sus brazos, actuando de la manera más mimosa posible. Al final de cuentas quería que el hombre la mantuviera.
Álvaro bajó la cabeza y con los dedos que sostenían el cigarrillo acarició suavemente su rostro. La chica alzó la cabeza dejando que él hiciera lo que quisiera.
A los hombres les gustan las obedientes.
A Álvaro no le importaba mantener mujeres, pero estaba muy