Al caer la noche, un automóvil negro avanzó lentamente hacia la mansión Uribe.
Diego y Lisandra habían estado esperando desde temprano. Al ver que su hijo estaba sano y salvo, Lisandra le dio un fuerte golpe en el hombro:
—¡Tu papá y yo nos morimos del susto! Sin importar las circunstancias, no puedes hacer cosas ilegales.
Damián y Aitana también bajaron del vehículo.
Damián sonrió mientras intercedía:
—Lucas actuó por amor profundo.
Diego suspiró ligeramente:
—Damián, esta vez te debemos mucho.