Al atardecer, con los últimos rayos del sol, Manolo salió con un vaso de agua y unas pastillas.
Se acercó a Damián y le dijo con voz suave:
—Damián, es hora de tomar la medicina.
El joven seguía mirando hacia el puente de Las Camelias, con la mirada concentrada, como si en el siguiente segundo pudiera esperar a esa chica del vestido blanco, que parecía llamarse Aitana, la que cargaba un caballete de pintura.
Manolo lo miró y sintió una punzada en el corazón.
La última vez que Damián estuvo lúcid