La noche estaba serena y silenciosa. Aitana escuchó todo con mucha tranquilidad, como si no le sorprendiera.
Llamada tras llamada, siempre era Milena quien contestaba, siempre en compromisos sociales, siempre trabajando hasta tarde... todo esto eran señales del hastío de un hombre. Él decía que estaba cansado, debía ser cierto.
Aitana no se aferró, al contrario, se sintió liberada.
Levantó la vista hacia Damián, en sus ojos no había amor ni odio, incluso sonreía:
—Está bien, Damián, así ninguno