— ¡No! Suéltame.
— No puedes engañarme, Aitana. Fuimos esposos durante años.
Damián la miraba fijamente mientras acariciaba lentamente su rostro. Su mirada era profunda, llena de ternura. Deslizó la mano hasta su vientre y susurró con voz cargada de emoción:
— ¿Recuerdas aquella vez? Lo hicimos en este mismo sofá, y así nacieron Mateo y Elia.
Aitana yacía recostada, con el cabello negro desplegado, emanando una belleza frágil.
Los ojos de Damián reflejaban deseo masculino. Se inclinó para besar