El otoño había pintado el paisaje con sus pinceles de melancolía.
En las afueras, una mansión donde una fila de imponentes camionetas negras —unas siete u ocho— ingresaron con gran aparato.
Los sirvientes intentaron detenerlos, pero ¿cómo podrían frenar a unos veinte hombres vestidos de negro?
Un anciano sirviente fue sujetado con fuerza y llevado ante Aitana, temblando de miedo de pies a cabeza.
Aitana, con una mirada gélida, preguntó: — ¿Está Lía?
El anciano sirviente fingió no entender y desv