Los guardias arrastraban a Lía sin ninguna consideración, pronto sus brazos delicados y suaves y sus muslos estaban cubiertos de moretones, un espectáculo desgarrador. La mansión se llenaba de sus gritos descontrolados:
—¡Vieja amargada! ¿Me tienes envidia porque no puedes tener hijos? ¡Damián se enterará y no te perdonará, él me protegerá y me querrá más!
Cada palabra era como una aguja diminuta que se clavaba en el corazón de Aitana, causándole un dolor continuo y profundo.
Ella se acercó a L