El embarazo no había hecho que Aitana ganara peso.
Su espalda seguía siendo delgada y blanca, con el cabello negro sobre los hombros. El agua caliente corría por sus omóplatos, acumulándose en el pequeño hueco de su cintura, donde un tenue lunar rojizo destacaba hermosamente.
—Te ayudaré a lavarte.
Damián sostuvo el cuerpo de la mujer, queriendo ayudarla a asearse.
Pero Aitana se sobresaltó y por instinto le dio una bofetada.
Después de hacerlo, se apoyó contra la pared de cerámica tibia, observ