No soportaba seguir observando desde lejos.
Lucía reía. Con Matías.
Esa risa suya —ligera, cálida, auténtica— no tenía por qué provocarme esta rabia contenida, pero la provocaba.
No era que no pudiera verla feliz. Era que no podía verla feliz con otro.
Tampoco ayudaba que Camila se hubiese aferrado a mi brazo como si fuera una extensión del vestido caro que llevaba. Su aparición había sido tan inoportuna como calculada. Me conocía demasiado bien: sabía que en público no haría una escena. Que mi