La ciudad costera parecía construida para gente que jamás aprendió a vivir despacio.
Incluso de noche el lugar conservaba esa clase de lujo silencioso que terminaba volviendo todo extrañamente irreal; las luces reflejadas sobre el océano, el sonido constante del mar golpeando contra los acantilados y las enormes terrazas iluminadas del hotel Armand hacían que resultara fácil olvidar por algunos minutos el resto del mundo.
Y quizá justamente por eso empezaba a sentirme cada vez más incómoda allí.