No dijimos nada en el camino de regreso.
La casa estaba en penumbra cuando entramos.
Apenas crucé la puerta, Adrián se giró hacia mí.
—¿Te gustó?
—¿Qué cosa?
Soltó una risa breve, sin humor.
—Que te tocara —dijo, acercándose un paso—. Que te mirara así… y que tú no hicieras nada.
—No exageres —respondí, intentando avanzar, pero su mano se cerró alrededor de mi muñeca, deteniéndome—. Fue solo…
—¿Solo qué? —interrumpió, ahora sí, más bajo, más peligroso—. ¿Solo le dejaste las manos? ¿Solo lo mira