El aire de Portovenere estaba impregnado del aroma a sal y a pólvora que aún parecía flotar tras la batalla final contra Ferri y Bella. Aunque las heridas físicas comenzaban a sanar, las emocionales seguían latentes. Había un peso en mi pecho, uno que me recordaba lo cerca que habíamos estado de perderlo todo.
Luciano, con vendas aún visibles en sus brazos y una sombra de agotamiento en su rostro, se mantenía cerca de mí. Nos habíamos refugiado temporalmente en una pequeña casa costera que Brun