El jardín quedó en un silencio inquietante tras el último disparo. El cuerpo de Alaya se desplomó como una muñeca rota, y con ella, algo esencial en Bianca parecía haberse quebrado. Su llanto era desgarrador, resonando en un aire ya cargado de tensión.
Bruno la abrazaba con fuerza y con sus palabras intentando consolarla:
—Lo siento, Bianca... No pude detenerlo.
Pero ella se retorcía entre sus brazos, golpeándolo débilmente, como si el contacto físico la quemara.
—¡Tú no entiendes! Era mi herma