Mi caso continuó así: la policía, actuando de manera responsable, me interrogó varias veces, y en cada ocasión expuse los hechos tal como habían ocurrido.
Sumado a las evidencias que recolectaron, la verdad era clara.
El difunto había acosado a una mujer soltera e intentado violarla en su domicilio; la víctima, durante el forcejeo, lo mató accidentalmente.
Como mucho, se trataba de un exceso en la legítima defensa, no un homicidio intencional.
No había nada sospechoso.
Me defendí cuando mi vida