Lucrecia clavó sus uñas en las palmas de sus manos, intentando controlar la ira que la consumía. Su rostro, habitualmente maquillado y sereno, se contorsionó en una mueca de rabia. Ver a su hijo llorar junto a valentina por alguien que no era nada de él, la consumía.
No se explicaba como podía hacer eso, ese Berlín que ella veía ahí, no era su hijo, ese que podía controlar y manipular a su antojo.
Berlín ya no soportó más.
—¡Ya basta mamá!
—Eres mi hijo, Berlín —espetó, su voz ronca y llena de