Era evidente que el nuevo había comenzado con buenas vibras. La suite del hotel estaba bañada por una luz grisácea que se filtraba a través de las cortinas de lino pesado, difuminando los contornos de la habitación. A pesar de la claridad en el ambiente, había una calma inusual, como si el tiempo se hubiera desacelerado.
Vanesa estaba recostada en la cama, rodeada por almohadas, con el ordenador portátil apoyado sobre sus piernas. Aunque la pantalla frente a ella mostraba correos sin abrir y