Vanesa giró la llave de su departamento con algo de pesadez. Eran cerca de las diez de la noche, y el día había sido largo. Entre su visita a su padre y el torrente de emociones que la había envuelto, sintió que lo único que necesitaba era una ducha caliente y su cama. Sin embargo, en cuanto abrió la puerta, un cálido aroma la envolvió, uno que reconoció al instante.
Se detuvo en seco, desconcertada. Desde la cocina llegaba el sonido de cacerolas moviéndose y, con ellas, la figura de Alejandro