La mansión de Andrea era un reflejo de su dueña: elegante, imponente y llena de detalles que hablaban de un linaje de poder y prestigio. Andrea estaba sentada en un amplio sillón de terciopelo azul, con una taza de té perfectamente servida en la mesita frente a ella. En su regazo descansaba Fiocco , un pequeño bichón maltés de impecable pelaje blanco, al que acariciaba con una mezcla de afecto y desdén, como si incluso su mascota tuviera que cumplir con un estándar de perfección.
Frente a ella,