La casa de Samanta, o el nido de amor de Vinicio y su verdadero esposa, no era tan majestuosa o grande como la de Vicenzo, un enorme jardín a la entrada decorado con rosa y una fachada cuidadosamente bien pintada de blanco, era suficiente para sentirme humillada y miserable, la casa en que me mantuvo cautiva emocionalmente, era más pequeña, mucho más pequeña, y no tenia un jardín, ni cochera.
Eso no me imperaba, lo que me lastimaba era el juguete que hizo de mí. Nunca sintió por mí una pizca de