La noche anterior había sido una sinfonía de sangre, fuego y traición. Ethan no había dormido. En la habitación fría de la clínica privada, con el sonido persistente de los monitores cardíacos como única compañía, observaba el cuerpo inmóvil de Eirin en la cama. Su piel, pálida como la porcelana, contrastaba con el vendaje en su costado. El recuerdo del disparo, del caos, del miedo visceral, lo mantenía en un estado de rigidez emocional.
De pie junto a la ventana, Ethan apretaba los dientes. La