—Pero me has quitado mi libertad.
—Tienes horas aquí, fierecilla, no predispongas tu mente a todo lo negativo.
Se separó de mi cuerpo respirando pesadamente y mi cuerpo tembló cuando se dio la vuelta y pasó sus dedos por su cabello tratando de calmar el fuego que había visto en esos hermosos ojos azules.
Ya no eran témpanos de hielo dispuestos a congelar todo a su paso.
Ahora eran un hielo derretido que amenazaba con quemarme si me acercaba demasiado. Y ese fuego de alguna forma fue tan familia