Los paramédicos irrumpieron por las puertas automáticas de la sala de emergencias, empujando con rapidez la camilla en la que yacía Edward. Su rostro estaba pálido y cubierto de sudor frío, señal inequívoca de un evento cardiaco severo. Los monitores en la camilla emitían un pitido constante, sincronizado con el ritmo cardíaco inestable que fluctuaba entre taquicardia ventricular y episodios de fibrilación auricular.
Uno de los paramédicos, con el rostro tenso, ofreció un rápido resumen de la