Esa mañana, mientras preparaba el desayuno para los niños, el olor del café —el mismo aroma que siempre la reconfortaba— le provocó una náusea tan súbita que tuvo que salir corriendo hacia el baño.
Se apoyó en el lavabo, respirando agitadamente. Mishina, la gata, entró con paso elegante y se frotó contra sus tobillos, emitiendo un ronroneo profundo, como si supiera algo que Valeria aún se negaba a admitir.
Valeria se miró al espejo. Estaba más pálida de lo habitual y sus ojos reflejaban una mez