El viaje de regreso a Ginebra fue una sinfonía de silencios incómodos y miradas evitadas. En la camioneta de los Sterling-Ferrer, los trillizos dormían (exhaustos tras haber usado a Bianca como gimnasio humano), mientras Mía y Julián compartían auriculares para escuchar música, fingiendo que la tensión en las termas no había existido.
Sin embargo, en el asiento trasero, Bianca estaba furiosa. Tenía el abrigo de piel arruinado, las uñas rotas por cambiar pañales y un odio renovado hacia toda la