El sol de la mañana entraba por las persianas de la suite privada del Hospital Universitario, dibujando líneas de luz sobre el suelo de linóleo impecable. El aire allí olía a desinfectante y a una paz artificial que a Valeria siempre le resultaba inquietante.
Al llegar al pasillo de la unidad de cuidados especiales, Valeria se detuvo en seco. Dos hombres de hombros anchos y trajes oscuros estaban apostados frente a la puerta de su madre. No hacían falta presentaciones; la sola forma en que se c