**Capítulo 18: El contrato de sangre
El maltrecho sedán negro atravesó el laberinto de la ciudad como una bala disparada a ciegas en la oscuridad.
El motor rugía en violenta protesta mientras Mateo pisaba el acelerador a fondo. Tomó curvas cerradas y agresivas por callejones estrechos, y los neumáticos chillaron, quemando goma contra el asfalto resbaladizo. Los letreros de neón de los escaparates cerrados se desdibujaron en caóticas líneas de color líquido a través del parabrisas agrietado. El