Siguiendo la ubicación que dejó publicada, tomé un taxi hacia el Hotel Caribe. Al subir al auto, recibí una alerta sobre un cargo en la cuenta conjunta. Israel gastó algunas decenas de miles de dólares.
El establecimiento era una joyería. En ese mismo momento, subió otra publicación. En la foto, una chica extendía la mano y lucía una pulsera de diamantes.
El pie de foto decía: “A una mujer hay que consentirla como a una princesa”.
Bajé la mirada hacia mi muñeca. Tenía una cicatriz muy tenue. El invierno pasado, a Israel le dolió el estómago; me levanté en plena madrugada a prepararle avena y me quemé sin querer con el borde de la olla.
En aquel momento se preocupó tanto por mí que me tomó la mano y me la sopló durante un buen rato.
—Mi amor, de ahora en adelante déjame todo esto a mí —me dijo.
Con el tiempo, de verdad aprendió a preparar avena. Solo que no era para mí. En sus publicaciones, cuando esa chica se enfermaba, él se quedaba junto a su cama para darle de comer avena.
La ternura que creí haber perdido nunca desapareció.
Solo había dejado de ser para mí.
Apenas bajé del taxi, Israel me envió una foto. En la imagen aparecía un canguro de peluche.
“Mi amor, ¿te gusta? Te lo compro y te lo llevo”.
Abrí la imagen.
En el cristal del escaparate, al lado del canguro, se reflejaba la mitad de la cara de una chica. Estaba apoyada en el hombro de Israel; el viento le alborotaba el cabello y tenía una sonrisa muy dulce. Guardé el celular y entré al hotel.
En el vestíbulo se celebraba una fiesta privada; la entrada estaba repleta de rosas blancas y torres de copas de champaña.
En la pancarta se leía: “Feliz tercer aniversario Israel y Lupita”.
En la pantalla digital se mostraban las fotos de Israel y esa chica. En todas las fotos, él sonreía con auténtica felicidad. Me quedé inmóvil en la entrada, como una intrusa que se hubiera colado por error en la vida de otros.
Recordé que el mes pasado le había pedido que me acompañara a hacernos una sesión de fotos en pareja.
—Mi amor, no me gusta tomarme fotos —me dijo.
Sin embargo, ahora, en cada foto que aparecía en la pantalla, Israel salía sonriente, mirando de frente a la cámara.
Una chica con vestido blanco salió corriendo del ascensor, seguida por Israel. Llevaba en la mano una corona de cumpleaños torcida y se apartaba de él entre risas:
—¡No te acerques, que me vas a arruinar el maquillaje!
Israel la alcanzó y, con un movimiento hábil, le acomodó la corona.
—Israel.
La brisa marina arrastró mi voz temblorosa hasta el vestíbulo. Cuando Israel me vio, entró en pánico y soltó a la chica que tenía abrazada.
—¿Quién es esta? —preguntó Guadalupe tras mirarme.
Su voz era muy suave y temerosa. Israel inclinó la cabeza hacia ella para tranquilizarla:
—Es una amiga.
Siete años de noviazgo, más de dos mil quinientos días y noches, incontables peleas y reconciliaciones... y al final, para él, todo se redujo a “una amiga”.
Pensé que iba a llorar. Pero lo extraño fue que no derramé ni una sola lágrima. Tal vez cuando el dolor llega a su límite, se vuelve silencioso.
Saqué el celular y abrí la galería.
—Soy la novia de Israel desde hace siete años.
Levanté el celular.
La primera foto era de la fiesta de bienvenida universitaria. Israel estaba en el escenario tocando la guitarra y, al terminar de cantar, se me declaró frente a toda la escuela.
La segunda era del año en que nos graduamos. Gastó todo su primer sueldo para comprarme un collar, me lo puso con torpeza y prometió que en el futuro me daría una buena vida.
La tercera era del día en que tuve cuarenta grados de fiebre. Me llevó cargada en la espalda hasta el hospital, con los ojos rojos de la pura angustia.
La cuarta era de la Nochevieja pasada. Él estaba en la cocina de mi casa preparando tamales y, con las manos llenas de masa, les decía a mis papás: “Señor, señora, no se preocupen; la voy a cuidar toda la vida”.
Los videos se fueron reproduciendo uno tras otro. Israel palidecía cada vez más. Guadalupe también se quedó atónita.
Guadalupe miraba en la pantalla a aquel Israel tan joven mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.
—¿No me dijiste que habían terminado hace mucho tiempo?
Israel tragó saliva, incapaz de hablar. Entre los presentes, alguien reaccionó y, pese a su incomodidad, trató de calmar los ánimos:
—Señorita, en los asuntos del amor tampoco se puede juzgar solo por quién llegó primero.
—Tiene razón, Israel y Lupita no la tuvieron fácil estos tres años; lo de ellos es amor verdadero.
—Si de verdad quieres a Israel, deberías dejarlo ser feliz.
—¿Y qué importan siete años? ¡A la que tienen oculta es a la otra!