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La noche en Menfis tenía su propio olor. No era el incienso del palacio, sino la mezcla de lodo, pescado podrido y un humo pesado que venía de los fuegos de las casas humildes. Rekhmire y Menkat, vestidos con túnicas oscuras, se movían entre las sombras del barrio de los mendigos. Los ojos de Menkat, acostumbrados a la luz de las antorchas y a la riqueza de la corte, se entrecerraron. El lugar era una cloaca. El aire era denso. Y el hedor era casi insoportable.
—¿Estás seguro de que este hom