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El sol de la mañana bañaba el mercado del pueblo, pintando de oro las telas y las cestas de fruta. El aire, lleno del aroma a pan recién horneado y a especias, era un alivio para Nefertari, que iba con una túnica sencilla de lino y se movía entre los puestos con una gracia que no había perdido. Su rostro, sin el maquillaje de la corte, era más hermoso que nunca. Sus ojos, antes llenos de miedo, ahora brillaban con una paz que nunca había conocido en el palacio. Compró pan, fresco y caliente,