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La tarde caía sobre Menfis y las sombras se alargaban. El aire olía a pescado, a salitre y a la humedad del Nilo. Hori, con una túnica de lino raída y un turbante que cubría parte de su rostro, se movía entre la multitud de trabajadores y marineros. Se dirigió a una taberna apartada, un lugar conocido por sus clientes discretos y por no hacer demasiadas preguntas. El "Ojo de Horus " era un tugurio oscuro y ruidoso pero ideal para un encuentro furtivo. El humo de las pipas flotaba en el aire