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Hori miró a su esposa, que había dejado de tejer y los miraba con ojos llenos de pánico. Miró a sus hijos. El miedo se apoderó de él. Y asintió.
La reunión no se llevó a cabo en el palacio, sino en una casa discreta en un barrio rico. Rekhmire estaba sentado en una silla. Menkat, de pie junto a él, lo miró con una expresión de arrogancia.
—Hori —dijo Menkat—. He oído que eres el mejor amigo de Ahmose.
—Lo soy, mi príncipe.
—Y sé que, como tal, conoces sus secretos. Sus encuentros con la prin