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Ahmose entró en Menfis a la cabeza de sus hombres. No fue un regreso triunfal. Fue un regreso de fantasmas. Sus túnicas estaban rotas y sus escudos abollados y las heridas aunque vendadas eran un testimonio de la brutalidad de la emboscada. La gente del pueblo que antes los había aclamado ahora los miraba con ojos llenos de asombro y miedo. Murmullos corrieron entre la multitud como la arena del desierto.
—¡Es un milagro! —gritó un hombre.
—¡El sargento Ahmose ha vuelto! —gritó una mujer.
Ah