Capitulo 137

Cuando la tormenta de arena comenzó a amainar, revelando un campo de batalla devastado, la situación era clara. Las fuerzas de Imhotep, desorganizadas y exhaustas, habían sufrido pérdidas devastadoras. Los cuerpos de sus fanáticos y soldados yacían esparcidos, algunos aún aferrados a sus armas, otros arrastrándose en el polvo, ciegos y desorientados. El ejército real, aunque cansado y herido, se mantenía en formación.

—¡Ahora! —rugió Ahmose—. ¡Carga final! ¡Por el Faraón! ¡Por Egipto! ¡Que no quede ni un solo traidor en pie!

Los soldados reales, revitalizados por la vista de la derrota enemiga y la voz de su Comandante, se lanzaron con furia. La resistencia de Imhotep se quebró. El ejército rebelde, desmoralizado, agotado y sin fe en la promesa de su líder, se desmoronó. Los gritos de "¡Victoria!" resonaron en el barranco, mezclándose con el lamento de los vencidos.

El Barranco del Viento, que Imhotep había escogido como el escenari
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