32.
—Que grandísimo hijo de puta… ¿Tu madre no te enseñó a respetar?

Cada palabra taladraba en los oídos de la sirena mientras podía sentirse más liviana. El peso del hombre ya no hacía presión sobre ella y podía respirar mejor. La oscuridad retrocedía lentamente mientras ella volteaba su rostro hacia donde creía escuchar el ruido.

Podía ver a Tavernier en el suelo, enredado en sus pantalones, con el miembro colgando, flácido y asqueroso mientras que un hombre alto que no alcanzaba a distinguir e
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