Capítulo 24: El eco de un nombre borrado

La luz del sol que se filtraba por las ventanas de la planta alta de la residencia Castillo no traía la calidez del hogar, sino la frialdad de una vitrina de museo. Julián Sokolov nos mantenía en una suerte de arresto domiciliario de terciopelo. Sus hombres, sombras de gris metalizado, vigilaban cada salida, mientras él se encerraba en el estudio de mi madre con los documentos que acabábamos de exhumar de la bóveda subterr&aac

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