El reloj de mi oficina marcaba las siete y media de la tarde cuando di el último toque de carmín a mis labios frente al cristal.
El taller de costura ya se encontraba sumido en una calma ficticia tras la partida de los empleados de la planta, y el silencio de las máquinas solo era roto por el murmullo constante de la avenida inferior. Marisol entró a pasos rápidos a mi despacho, sosteniendo mi abrigo de punto fino con una rigidez de hombros que delataba su paranoia ante lo que estábamos por eje