Vincet movía su pie impaciente. Había volado por horas a Alemania para ver a la mujer que lo volvía loco y le hacía hacer estas malditas locuras, no a dos mujeres hablando como desquiciadas para coquetearle en un idioma del cual no conocía nada y que solo lo irritaban más. Hacía frío y se estremeció. Prefería estar en un cuarto de hotel caliente, no en medio de la acera soltando humo por la boca.
Su ceño se fruncía cada vez más y estuvo a punto de responderles de la forma más educada que su es