La luz del amanecer se filtraba lentamente por las rendijas de las cortinas, tiñendo la habitación con un dorado suave, cálido, casi etéreo. El aire olía a una mezcla de sábanas usadas, piel sudada y los últimos vestigios del perfume de Nelly. Afuera, la ciudad despertaba con el rumor lejano de autos, de pasos apurados y voces apagadas.
Adrián fue el primero en abrir los ojos.
Parpadeó varias veces, desorientado, con la garganta seca como arena. El techo blanco lo recibió con indiferencia, inmó